30 sept. 2010

Encuentros insólitos ( II ): el trompetista de Estocolmo


Verano en Estocolmo es mucho más que una estación. Se trata de algo casi sobrenatural, un milagro de luz persistente, de atardeceres interminables sobre los canales, de música callejera y antiguos barcos de vela. ¡Despertad del letargo, recuperad los sentidos! Muelles, bicicletas, nubes dispersas...Vida.
Siempre hay una calle llamada a ser el eje del torbellino, el lugar dónde todo está a punto de suceder. De esa brecha tumultuosa surgió una tarde el aullido salvaje de su trompeta. El hilo sostenido de una sola nota me atrajo hasta el corrillo de curiosos asomados al prodigio. Y el prodigio eras tú, pequeño príncipe de la trompeta, apenas nueve años de edad enfundados en un traje de pana oscura, dirigiendo una orquestina de adultos, casi de gigantes.

Te llamé Wajda porque necesité darle un nombre a aquel destello que pronto convertí en literatura. Tus modales de hombrecito, la furia de bestia enjaulada con la que tocabas tu instrumento, la autoridad de genio loco que ejercías sobre la mediocre fanfarria... Todo se esfumaba al cesar la música para devolverte a tu realidad de niño callejero, invisible entre un bosque de piernas y codos mientras recogías tus bártulos.
Tu misterio quedó reflejado en un relato del que nada sabes. En sus páginas te imaginé viviendo en un barco con el resto de la Compañía, niño sin tierra nacido en aguas de ninguna parte. Me recreé en tus ansias de crecer aceleradamente, dejar caer al suelo la frágil piel de la infancia despojándote así del último reducto de inocencia. ¿Por qué quieres dejar de ser un niño, pequeño Wajda? ¿Acaso ignoras el peso de la nostalgia, las ataduras que se inventa la vida?
Pero querías hacerte mayor y volar lejos de aquella tarde, del corrillo de turistas despistados, de la belleza fría de Estocolmo. Y blandías la trompeta en el aire como una espada, hurgando sin piedad dentro de mí en una herida que todavía duele, duele mucho y que debe ser la infancia.
¡Ah, Wajda, Wajda! Pequeño sin patria, no te rindas a la impaciencia. Reza con tu trompeta esa oración de plumas que solo conocéis los ángeles e intercede por nosotros, los que ya no somos niños.

18 comentarios:

  1. La infancia es la parte más desarmada de nuestra música.

    ResponderEliminar
  2. Sin duda el pequeño Wajda debía ser el elegido de tus letras... Como siempre pasa, ansiando lo que no tenemos hasta que perdemos lo que sí teníamos... (Pero estoy segura de que nosotras sí seguimos siendo niñas, ja!)
    Un beso grande y gracias infinitas por dejarme imaginarlo.

    ResponderEliminar
  3. ¡Qué precioso, Alicia! eres un gozo con tus letras. Llevo un par de aplazamientos acerca de Estocolmo, cuando al fin vaya, si lo encuentro, ¡ah, pequeño Wadja!, disfrutaré de su música y tu recuerdo.
    Besitos, linda

    ResponderEliminar
  4. Recuerdo al Charlie Parker en la película 'Bird' cuando miraba a través de las barandillas de los jazz-cafés.
    La infancia es simpre un reto a la explosividad.
    En ese momento preciso de la foto la trompeta de Wadja debía calcinar el concepto de velocidad.

    ResponderEliminar
  5. Muchos ecos en la pequeña habitación de un texto breve. Como una constelación que cabe en la palma de una mano, porque finalmente lo grande puede ser pequeño y lo pequeño grande, y el pasado aún no ha sucedido y uno vive de los recuerdos de aquello que aún no ha ocurrido. De alguna forma estas palabras me evocan esa idea de la mecánica cuántica de que una partícula puede ocupar al mismo tiempo distintos espacios.
    Intrínseco y extrínseco: Estocolmo, brecha tumultuosa (qué bien), el niño trompetista, el relato posterior (del que nada sabe, por supuesto), la infancia... esa infancia esencial y a la vez insensata por su desprecio a la existencia de una nostalgia insanable.
    Pienso que cuando estamos bien, cuando disfrutamos, regresamos inconscientemente a esa infancia esencial (nosotros mismos, nuestro núcleo), y que cuando algo nos hiere hondo regresamos al mismo lugar pero con plena consciencia. Y pienso que eso es bueno porque significa que no nos habremos perdido tanto y que, si fueramos Wajda, podríamos aún acariciar de vez en cuando la trompeta y, si no oraciones de plumas, tal vez sí romper el aire con alguna frase metálica.

    Un texto precioso, en mi opinión de una calidad inusual. Delicioso disfrutar de ella. Me encantaría leer el relato provocado por el pequeño trompetista.

    ResponderEliminar
  6. Hace un año que tuve la suerte de que me dejases conocer al pequeño Wajda.
    Siempre me produjo tristeza saberse un genio durante la infancia, supongo que por creer que es el resto del mundo quien disfruta de su genialidad y no ellos mismos. Entiendo que deseen dejar de ser niños.
    Todos quisimos crecer y lo hicimos.
    Ahora intentamos volver a las tardes de plastilina.
    En fin, tendremos que apreciar algo el presente.
    Besos de caramelo.

    ResponderEliminar
  7. La infancia se suele vivir con prisas, con ganas de llegar a ser mayor. En el mejor de los casos es luego cuando nos damos cuenta que la madurez no trae las respuestas y que deberíamos haber saboreado más los momentos.
    Un abrazo, alicia

    ResponderEliminar
  8. Quizás es porque siempre queremos lo que no tenemos... La eterna insatisfacción humana... cuando somos grandes anhelamos ser pequeños... cuando somos pequeños, grandes....

    ResponderEliminar
  9. Adoro Estocolmo. Es una ciudad que me cautiva cada vez que la evoco. En ella se enconden secretos como este pequeño-gran Wajda que ahora nos descubres.
    Ojala Wajda no haya logrado crecer y continúe agitando vigorosamente la trompeta del cielo al suelo en un baile sin fin que permita a nuestra niñez disfrutar de la suya.
    (otro encuentro insólito con una narrativa contundente y delicada como el propio Wajda)

    ResponderEliminar
  10. Paradójicamente, la realidad es más amable para el pequeño Wajda cuando en la calle hace sonar su trompeta. Tal vez no se sienta niño ni hombre, sólo músico. La infancia es ingenua y un tiempo sin tiempo.
    Un retrato cálido, hecho con sensibilidad y dignidad. La instántanea es muy buena: "blandías la trompeta en el aire como una espada"
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  11. Tempero, la más desarmada y la más pura...

    Gala, ¿será posible -al menos por una vez- darse cuenta de la pérdida un instante antes de que sea irremediable? Gracias a ti por leer el relato que surgió de aquel encuentro. Me hizo mucha ilusión que precisamente este fuera tu preferido :o)

    Virgi, te encantará Estocolmo! qué habrá sido de Wajda y su niñez después de cuatro años? Más cerca del otro lado, aunque quizá echó a correr a tiempo... como Peter Pan. Besos voladores

    Tinta, como Charlie Parker, yo también contemplé la lucha brutal entre el niño que era Wajda y el adulto que deseaba ser desde las barandillas de la tarde. De ese choque nació la chispa de un relato, de un personaje. Y aquí está detenido para siempre en el tiempo, eternamente niño... lo conseguí!

    Rh, tu comentario me ha dejado impresionada. Gracias por tu atenta lectura y por las palabras que me dedicas. Como tengo tu correo estaré encantada de enviarte el relato del pequeño trompetista. Espero que te guste...
    Un abrazo grande

    ResponderEliminar
  12. Silvia, siempre existe la posibilidad de no soltar el hilo. Como cuando Mafalda llenaba su armario de notitas de "no olvidar cuando sea mayor"... No hay que despertar de ese sueño.
    Besos, siempre

    Xibeliuss, como reza una camiseta que alguien me regaló un día: "ser mayor es un timo".Sonrío. Besos de otra damnificada

    Victoria, tienes razón. No somos felices en la escalera... Si el planeta gira, ¿por qué correr hacia no se sabe dónde? Mejor vivir intensamente cada momento. Gracias por dejar tu huella en este trigal

    Monica, ojalá que no lo haya conseguido! Estocolmo fue un buen lugar en el que ser feliz. Aquel paseo junto al muelle, los juncos, las barcas... que nunca, nunca se evapore de nuestra memoria. Un abrazo enorme de niña perdida

    Shandy, gracias por tus palabras. Tienes razón, ni niño ni hombre, solo músico. Y enlazando con la frase de Tempro, mejor solo música. Besos al aire

    ResponderEliminar
  13. ¡Cuántos sentimientos agolpados en una mirada! ¿Cómo lo haces, Encantadora de palabras?
    Ése será tu nombre para mí, ya no eres Alicia II (Alicia I llamó a mi puerta antes de que yo lo hiciese a la tuya gracias a ella), serás mi Encantadora de palabras.
    Yo también querría leer el cuento del pequeño trompetista. ¿Me lo enviarás?
    Gracias, por tus palabras y por ser tan tan especial.
    Apertas infinitas bailando al son de la trompeta de Wajda.

    ResponderEliminar
  14. Qué maravilla, alicia. Me uno a la petición. Yo también quisiera leer la historia del trompetista.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  15. será que la música no tiene edad... aunque niño, cuando toca se le olvida ser niño, al igual que a un adulto a ser adulto, simplemente te envuelve hasta perder el sentido, precioso como lo cuentas alicia un besín musical

    ResponderEliminar
  16. Qué envidia ser tu Wajda Alicia... pequeña hada tocada por los dioses. No dejes que lo gris del día te empape más de la cuenta, porque mañana (yo te lo prometo) sale el sol.

    ResponderEliminar
  17. La música, siempre la música nos renueva, nos hace liberarnos de ataduras, incluso de las de la edad. El pequeño Wajda parece en tu hermosa foto, que con cada enérgico soplido quisiera auparse más y más alto en sus ansias de crecer deprisa. Precioso relato Alicia, gracias por el regalo.

    ResponderEliminar
  18. Mafalda, sonrío imaginándome con turbante y flauta de madera ante un canastillo de palabras que trepan por el aire al son de la música... Decididamente esa será mi tarea!
    (Gracias por tu entusiasmo. Te mandaré el cuento de Wajda, espero que te guste...)

    Mª Antonia, tomo nota de la petición. Haré un envío colectivo :o)

    Covi, sí, la música es un sortilegio contra el tiempo. Y nos hace viajar en él más rápido que cualquier otro recuerdo. Otro besín en pentagrama para ti

    Ariadna, desde la ventana espero -con más o menos paciencia- ese sol que me anuncias. Pese a las nubes grises no he dejado de creer en él, te lo aseguro. Gracias por tu abrazo

    Delikat, preciosa la imagen de Wajda creciendo mientras toca su trompeta. El niño toma prestado el aire y lo devuelve convertido en música. Los dioses deberían ser indulgentes con quien les hace semejante regalo.
    Un abrazo grande lleno de viento.

    ResponderEliminar