24 dic. 2009

Luciérnagas

Esta noche he dejado abierta la ventana del salón. No he sabido negarme al aire eléctrico que azotaba los cristales. Un zumbido me ha despertado al amanecer de esta Navidad y el resplandor tenue que vislumbraba al final del pasillo me ha arrastrado descalza, apartando los velos del sueño. Al abrir la puerta me han sobrevolado como algodones en llamas. Decenas de luciérnagas anegaban la penumbra, trazando líneas imposibles en el aire de la habitación. Siguiendo el instinto de la infancia he abierto una botella de cristal y, sin esfuerzo, he atrapado un puñado de esas luces flotantes. El resto, alarmadas, han huido por la ventana como fuegos fatuos asustados.
Me he quedado contemplando el pedazo de noche estrellada atrapada en mi botella. "Esto debe ser la Navidad", pensé. Esta noche, cuando la lluvia amaine, liberaré a las luciérnagas. No cerréis vuestras ventanas...

Feliz Navidad

16 dic. 2009

Tiempo de nieves


El 18 de febrero de 1979 ocurría algo excepcional: por primera y única vez hasta hoy nevaba en el desierto del Sahara.
Esta mañana, asomada a la ventana de la oficina, he presentido la nieve e instantes después mi pensamiento caía copo a copo sobre el paisaje. Me he quedado hipnotizada en el alféizar contemplando ese misterio blando que borra, implacable, toda huella tras de sí. Adiós caminos, señales, coches, tejados, recuerdos. "La ciudad comienza de nuevo. Habrá que redibujarla cuando llegue el deshielo", me he dicho. Al izar la vista al blanco ciego del cielo hecho migajas recordé la increíble fotografía de las dunas del Sahara cubiertas de nieve. ¿Os imagináis? Un frío afilado quizá en los días precedentes. Un viento estancado de gato blanco que persigue su cola. Un silencio denso aplastando la arena. Y de pronto, el milagro. Delicadas notas de nieve conociendo la suavidad de la arena, acariciando con sus manos de hielo el lomo dorado de las dunas. Los camellos, sintiendo por vez primera la blanda mansedumbre de la nieve, corren enloquecidos. Y en un remanso entre dos dunas, los hombres azules, brazos alzados al cielo, ríen y giran sobre sí mismos como peonzas en mitad de la nada.
Regreso del Sahara a la oficina gris. Cierro los ojos y deseo hondamente que una nieve dulce caiga sobre las mesas, papeles, rutinas. Que nos sepulte como a flores pálidas que asoman la cabeza entre la escarcha para comenzar, por fin, un nuevo día.

10 dic. 2009

Regreso a la Navidad

Retorno de un pequeño viaje a la región francesa de Alsacia, pedazo de tierra de mudable corazón, vinos ardientes y casitas de entramado. Pero en realidad de donde regreso es de otro lugar intangible, pura neblina y luciérnagas, como es la Navidad. De niña me fascinaba este tiempo de esferas brillantes, estrellas, figuritas, pan dulce... La magia envolvía la casa y más de una noche me levanté de madrugada para observar de cerca aquel misterio luminoso del árbol y las guirnaldas.Todo comenzaba en agosto, cuando mi abuelo me llevaba al monte a coger el musgo seco que alfombraría el belén meses más tarde. Volvía a la casa del pueblo con un saquito lleno y esa misma noche mi madre me contaba el cuento de los reyes magos, narración improvisada que crecía año tras año y que sabía a Oriente, a destello enterrado, a sorbo de enigma.

Recuerdo que un año, presa de la impaciencia, puse el belén... ¡en septiembre! Mis padres contemplaron atónitos aquella desconcertante estampa. En aquellos días no importaban regalos ni significados religiosos sino el simple tránsito fantasma de tres hombres venidos de tierras lejanísimas a lomos de camellos por el salón de mi casa. Hubo noches que hasta creí oír las pisadas de los pajes y el rebufo de los animales exhaustos.

No sé qué pasó después... Los años fueron enturbiando aquella sensación, las reuniones familiares comenzaron a pesar, algunas personas desaparecieron de nuestra mesa y la navidad se convirtió en un obsceno impulso consumista carente de todo significado. Simplemente la olvidé.

Paseando por las callejuelas empedradas de los pueblos alsacianos -una belleza congelada en el tiempo difícil de explicar- he vislumbrado aquel mundo arcano abandonado donde tan feliz fui en otros días. Traspaso la puerta templada de ese recuerdo y reconozco al instante los cristales pulverizados de las bolas de colores, el musgo polvoriento, las figuras mudas del belén, las guirnaldas deshilachadas.
En un rincón encuentro, escondido bajo los despojos, algo que brilla y me agacho con la secreta esperanza de que sea un fragmento de infancia y no un ángel o una estrella.

30 nov. 2009

¿A dónde van?


Me sucede desde siempre. Un reloj mudo, una cabritilla de piel, un sombrero, un colgante, un muñequito descolorido, mil y un billetes de tren, de cine, de quién sabe. A todos les confiero un alma, quizá por ser depositarios de un diminuto fragmento de mi vida, y su sola visión me transporta -al modo de las célebres magdalenas de Proust- a un tiempo perdido. Cuándo esas pequeñas cosas desaparecen como por arte de magia me pregunto a dónde irán... ¿Existe un inmenso agujero negro que absorbe los pedazos del ayer? ¿Tal vez se apilan en los gigantescos montículos de un vertedero de olvido?

Acaso sabedora de mi amor por los objetos, mi amiga viajera M. me regaló esta casita en un momento duro de mi vida diciéndome: "esta eres tú"

Pero la casa no estaba vacía. En su interior M. había introducido un puñado de piedrecitas volcánicas que, según me contó a su regreso de Lanzarote, le habían recordado al paisaje de mi dolor. No fui capaz de abrirla. Durmió varios días en su maleta hasta que un nuevo viaje llevó a M. lejos de mí, esta vez rumbo a Noruega. Le pedí que se llevara la casita con ella. Así lo hizo.

En tierras del norte M. se emborrachó de paisajes. Navegó por fiordos, conoció a los duendes y llenó sus zapatos de nieve. Una mañana, arañó la piel de hielo azul de un glaciar y allí enterró aquellas piedritas... mi dolor. El frío mitigó mi herida y M. regresó a nuestro país con la casita vacía. Tocaba la difícil tarea de llenarla, de llenarme.
Cuando la esperanza parecía evaporarse, el otoño me regaló los primeros habitantes...

Y así fueron llegando al fondo tapizado en rojo de mi casa-corazón una moneda, arena del desierto, un trébol de cuatro hojas, un jazmín... Y un pequeño -todo lo es en mi hogar- saquito con una semilla dentro.

A veces tomo la semilla entre los dedos y me pregunto cuál será la tierra que la abrace hasta que estalle en verdor. ¿La limitada superficie de una maceta de ciudad? ¿El huerto de la casa de mis antepasados?¿Algún jardín secreto?
Luego cierro el tejadillo de mi casa no sea que el agujero negro quiera tragarse estos pedazos de vida y los convierta en frágiles, borrosos recuerdos.

25 nov. 2009

Punto de encuentro


El más bello y triste paisaje...
Siempre que llego a esta duna, tras una larga travesía por un Sahara de acuarela, me siento bajo la estrella. Cierro los ojos entonces y dejo que el viento de la noche africana me confunda con la arena. Silencio. No hay astros en la última página del más hermoso de los cuentos, solo cascabeles. Me cuesta en ese instante reprimir las lágrimas... Resuena en el pozo de mis oídos la frescura de su voz, su risa tintineante, el milagro del agua en pleno desierto. Me pregunto, como ya lo hiciera Saint-Exupery, si consiguió el Principito regresar a casa, si las espinas de la flor vencieron a los tigres y si volverá algún día a este punto exacto que marca la estrella sobre el lomo de arena dorada. Desde aquel octavo cumpleaños en el que abrí por primera vez esta ventana al desierto, regreso de vez en cuando al lugar de encuentro. Y me cuesta redibujar en mi mirada el ya conocido perfil de las dunas solitarias pero no pierdo la esperanza de que algún día aparezca un hombrecito, bufanda al viento, que me lleve de la mano más allá del abismo de la última página. Gano -dijo el zorro- por el color del trigo. Eso siempre...

20 nov. 2009

País llamado Julio


Podría escribir páginas y páginas sobre él, decir que me abrió la puerta al otro lado, mil veces intuido y tan pocas rozado, que es mi autor de autores, que le debo tanto... y en realidad no estaría diciendo nada. Estaría simplemente dando vueltas alrededor de lo que verdaderamente siento por este enormísimo cronopio que es Cortázar, cuya obra me entusiasma y aplasta al mismo tiempo hasta convertirme en polvo mineral entre sus manos. Escribidor entre líneas, la ternura en la punta de los dedos pero no la ternura blanda y lacrimosa sino otra, porque todo en él es el reverso de lo conocido: su humor, su mirada caleidoscópica, sus rituales, su entusiasmo infantil siempre al borde de la desilusión. Jugué a su "Rayuela", me perdí en el laberinto de "Manuscrito hallado en un bolsillo", lloré con la osita de "Lugar llamado kindberg", le perdí la pista en alguna estación de paso de ese viaje de locos que plasmó en "Los autonautas de la cosmopista", me quise morir escuchando el saxo de "El perseguidor"... Por él escribí y por él desee abandonar la escritura, porque nadie iba a ponerle palabras a esa sensación de no estar del todo como Julio lo había hecho.
A veces necesito escuchar su voz como una absurda manera de constatar que realmente existió. Trepa entonces por mis oídos ese acento tan suyo, las "erres" disfrazadas de "ges" bajo el agua, y me pregunto qué hubiese sucedido si nuestras existencias se hubieran cruzado en el tiempo y el espacio. Tal vez en París, al salir de un café humeante del barrio latino, bajo la lluvia perpetua que asola la ciudad. Como la Maga y Oliveira, habríamos salido a jugar el juego del encuentro furtivo. O tal vez en un paso de cebra cualquiera, de los que debe haber miles en Buenos Aires. Lo que es seguro es que nuestras miradas se atravesarían durante un instante casi líquido, se reconocerían las costuras, el mundo mantendría el equilibrio a duras penas sobre nuestras pupilas acechantes y después...Después reanudaríamos la marcha que nos conduce a la separación definitiva, apurando incluso levemente el paso, porque en este sueño llueve, hace frío y hemos olvidado los paraguas...

(para mi cíclope de ojo azul)

16 nov. 2009

Cocina del alma

El arte de cocinar es pura alquimia. No existe crisol donde se mezclen tantos colores, esencias y sabores como en la respiración humeante de los pucheros. Pero existen otros ingredientes que nunca hallo en los libros pese a ser imprescindibles para envolver de alma lo delicioso. ¿Por qué no comienzan las recetas por el principio?
Para remediarlo os regalaré una tradicional fórmula para hacer Marrón Glacé, eso sí, contada desde ese primer paso.
Este manjar comienza con un viaje de amigos a la comarca de la Carballeda, pequeño Macondo cuna de mi sangre. Un camino entre pinos desemboca en la pradera de los castaños, donde mi abuelo Ezequiel plantó hace décadas lo que hoy son tres robustos árboles que en otoño rebosan fruto. En uno de ellos marcó con números romanos el año de la siembra: XXIII. Bajo un sol cortante recogimos dos cestas de castañas. Reímos, luchamos con la obstinación espinosa de los pellizos, respiramos hondo, nos llenamos de algo parecido a la vida.Las castañas durmieron esa noche al arrullo de la charla y el crepitar de la lumbre. Despertaron en el coche ya avanzada la mañana, de camino a mi viejo hogar de la infancia, alertadas por el sonido del aguacero. El norte estaba próximo. Allí aguardaban las manos de mi madre...Sabias en discernir la ternura de los frutos, las manos de mi madre eligieron con paciencia los de mejor corazón. Durante la tarea recordó a la bisabuela portuguesa y su centenaria máquina de coser cabalgando noche y día, el barco en el que el abuelo Ezequiel cruzó un océano para llenarse de tango, la yegua blanca de ojos verde-serpiente, tantas y tantas lluvias. A primera hora de la tarde me confió un hatillo con las castañas más sabrosas. Tras escaldarlas unos minutos en un puchero hirviendo se dejaron desnudar con mansedumbre...Mientras las castañas se sumergían desnudas en el agua en ebullición, comencé a preparar el almíbar. Vainilla en rama, azúcar generosa, agua hirviendo. Pero no era suficiente dulzor el de aquel jarabe ni la ternura del fruto y probé a llenar de fado el aire de la cocina...

... y la fórmula mágica surtió efecto. Cuando el corazón de las castañas se hubo ablandado lo suficiente las sumergí en el almíbar. Así reposaron el resto del día, aturdidas por tal exceso de vapores y efluvios.
A la mañana siguiente el horno las esperaba. Las introduje dispuestas una a una en una bandeja y me senté a esperar media hora junto a la ventana mientras leía en alto una oda elemental de Neruda dedicada a una castaña en el suelo. Se respiraba poesía...Y aquí están al fin, proeza de azúcar. Me sirvo un té y saboreo lo que ya es marrón glacé. Cierro los ojos. Saben a lluvia, vidas pasadas, corteza de árbol. Visten el traje verde y oloroso del fado. Y su tacto... su tacto se parece al de la piel hermosa y desgastada de las manos de mi madre.
Buen provecho

10 nov. 2009

La ciudad encantada



Rara vez la decepción pierde el pulso al tratar de repetir experiencias o revisitar lugares que en un primer instante nos deslumbraron. En mi caso, Granada siempre gana.


Es esta una ciudad sensual, que casi se paladea. Cinco sentidos para disfrutar de la soberbia visión de la Alhambra, del rumor juvenil del río Darro, del vapor letal de los jazmines y las damas de noche, del tacto pulido de las piedras blancas y negras del Albayzín, del trago de té moruno precipitado en cualquier rincón de las Caldererías, calles árabes por antonomasia que recuerdan que un día esta tierra fue paraíso oriental y retiro de reyes.


Pero ante todo Granada es una ciudad encantada, objeto de sueño y pesadilla, donde las calles del Albayzín -esa serpiente encalada- se retuercen mudando de trazado cada noche. Imposible encontrar dos veces la misma placeta en el mismo lugar. Imposible dibujar un mapa de semejante laberinto.


La ciudad entera parece flotar sobre las aguas. No hay esquina que no conozca el arrullo de sus ríos y hasta la misma Alhambra hunde sus raíces en los cauces. Incluso hay escaleras de agua... Y jardines como espejos estancados.

(Imagen cedida por la fotógrafa Eva Madrazo)

Al caer la noche Granada alcanza su más honda plenitud. Resplandece la cal y la tierra de la Alhambra tiñe el cielo de sangre. Solo hay estrellas en aljibes y acequias...


Es quizá el momento del paseo solitario, callado, por las callejuelas. Voces, guitarras, cántaros, fuentes, recuerdos,silencios. Es este el verdadero corazón de la ciudad que Federico amó y odió a partes iguales, la que le vio nacer y morir bajo el resplandor rojizo de esas noches teñidas de sangre, sin estrellas.


"Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!

Sin ningún viento.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón."
F.G.L.
Gracias por todo...



4 nov. 2009

El eco de la sombra

¿Quién no ha soñado alguna vez con sumergirse en el cuento, la película, la música que le atrapaba sin remedio? En busca de esa puerta, desde niña desafié las costuras de la realidad creando mundos paralelos a los que incluso invité a algún pequeño amigo. Pero hay quien no ha dejado de tejer universos fabulosos a lo largo de los años. Enrique Vargas es uno de estos magos. Desde hace décadas dirige la compañía "Teatro de los Sentidos", una factoría de laberintos de sensaciones que nadie abandona siendo la misma persona. Quién haya tenido la suerte de "viajar" por una de sus creaciones sabe de lo que estoy hablando...
"El eco de la sombra" ha sido el último de sus sueños que me ha enredado. No es teatro, es mucho más. Para empezar la experiencia es totalmente individual. Una guía llama a los espectadores de uno en uno y ahí comienza el viaje a ninguna parte a través de un sinuoso laberinto de telas en el que, descalzos, perderemos nuestra sombra, oleremos su fragancia, nos invitarán a un dulcísimo banquete, navegaremos sobre la bruma de una Venecia adormecida, acariciarán nuestra silueta, dormiremos en una camita mientras nos leen un cuento que no es sino nuestro propio camino o nos invitarán a un té de especias bajo la luz de otro tiempo. Los actores hablan en silencio y su mirada es cómplice e hipnótica. Imposible definir con palabras el recorrido que ahora evoco como pasajes de un sueño.
El final llega con la recuperación de la sombra perdida y nuestros zapatitos de sonámbulos. Al verlos formando una montaña junto a los de los demás viajeros la desazón me invadió: the child has grown, the dream is gone.
Pero no fue así. La noche esperaba fuera y en mis manos apretaba el cuaderno de bitácoras que uno de los habitantes del laberinto me había regalado al comenzar mi camino.
Abrí sus páginas y el olor de mi sombra, impregnado por una de las anacrónicas mujeres que me acompañaron en el viaje, me devolvió a ese sueño permanente que tantas veces busqué aquellas tardes de domingo de la infancia.
Os dejo la dirección de estos creadores de sueños. No se prodigan demasiado y eso acrecienta su enigma pero si alguna vez visitan vuestra ciudad o no os importa recorrer el camino que os separa de otro mundo, no dejéis de llamar a su puerta. http://www.teatrodelossentidos.com
Regresad entonces y contadme vuestro viaje...

30 oct. 2009

Cometa



Esta mañana he abierto mi ventana al último sol de octubre. Los dedos de una ligerísima brisa del norte han acariciado mi piel y, absorta en este instante, no he reparado en la cometa. Dormía, con ese sueño pesado y brumoso que envuelve a las cosas bellas, en un rincón de mi cuarto ajena a cielos y planetas. El aire debió despertarla, agitó su alma polvorienta con la promesa de nuevos paisajes, erizó su cola multicolor.
Apenas sentí el sutil roce de sus alas de ruiseñor mecánico huyendo sin timón ni mapas por la ventana.Desde el alfeizar contemplé atónita su vuelo desbocado mientras el vecino de arriba, poseído tal vez por el lirismo de la imagen, olvidaba la disciplina de las escalas para abandonarse a una melodía volátil.
Se iba... Como una florecilla despeinada, como el juguete alado que nunca me perteneció. Ascendía sin fin sobre los tejados de la ciudad, recortándose, espléndida, contra el fondo azul del cielo de esta mañana de otoño. Pronto fue una pincelada malva y verde, luego una muesca de color, más tarde un punto, finalmente nada. Seguí así, asomada al mundo, un tiempo más.
Ahora he cerrado la ventana. Me pregunto qué nuevas geografías estará descubriendo, cómo será el tacto de las nubes allá arriba, si habrá llegado al norte o si en su desafuero habrá confundido cielo y mar y ahora vuela entre sirenas y bancos de peces fosforescentes. La vida continúa aunque he de reconocer que por un instante he sentido dolor. No lamento la pérdida. Lo que realmente siento es no haberme agarrado a tiempo a su cola de dragón y sobrevolar libre al fin, la vida.
Si la veis cruzar el marco de vuestra ventana decidle que no me olvide...

26 oct. 2009

Nobody home


En estos días alguien muy cercano me habló de la soledad y sus palabras me reflejaron como un espejo. Me describió la sensación de haberla tenido toda la vida pisándonos los talones,doblando las mismas esquinas apenas un instante después. Hasta ahora la hemos burlado pero su aliento helado ya acaricia nuestra nuca. Cree que por fin le ha dado alcance. ¿Qué hacer ahora?
Supongo que tienes razón, toca aprender a vivir con ella, perderle el respeto, invitarla a nuestra mesa y compartir la cena. La imagino extremadamente delgada, el pelo cayendo en hebras sobre su rostro, piel cetrina y un traje anacrónico que apesta a fracaso y naftalina. No dice ni una palabra pero te sigue con torpeza a todas partes y a su lado se evaporan los colores, la vida. Y sí, ha traído dos maletas de piel viejísimas llenas de harapos que todavía anda deshaciendo. Parece que se va a quedar un tiempo. Tratará de levantar un muro a tu alrededor.¿Recuerdas? Como en la película... Como en las tardes lluviosas de la adolescencia junto a los muelles.
No le tengas miedo, déjala hacer. Sentirás que es tu sombra, odiarás sus pasos metálicos por el pasillo, sus insípidos desayunos. Cuando abras la puerta de casa hará frío y habrá sido ella, que ha apagado todas las estufas, que ha tapado con sus manos cualquier atisbo de luz solar y ahora te sonríe, desafiante, desde el sofá.
Pero llegará un día -créeme, ha de llegar- en el que la vida gire sobre su gozne una vez más y un vendaval sacuda tu casa. Y esa ráfaga de aire fresco la lanzará por los aires, lejos al fin de tu pecho, seguida de su séquito de ladrillos, flores y perfumes mortecinos. Abrirás las ventanas de par en par y te sentirás extraña y ligera. No habrá cometa en el cielo que se compare a tu alma. Habrás cruzado el desierto. Y no visitará nunca más tus pesadillas aunque siempre forme parte de ti...

23 oct. 2009

Estaciones

No concibo la vida sin estaciones. Necesito nacer y morir tantas veces como la naturaleza muda de piel, reinventar un comienzo, anunciar un final que a veces es escarcha, lecho de hojas secas, fruta madura, savia que reverdece. Pero la primavera no solo visita los campos. También las ciudades germinan a primeros de mayo o estallan, voluptuosas, en verano.
Quizá por esta melancolía vital que siempre llevo en los bolsillos, el otoño sea lo más parecido al paisaje de mi alma. Paseo en estos días mi "spleen" -ese sentimiento que envolvía a Baudelaire mezcla de tedio visceral y sutil tristeza- por los rincones secretos de Madrid. Aroma de castañas, braseros, árboles que llueven. Leo a Neruda, sonrío, recuerdo pasados otoños que parecen ya de otros. Espero que este vuelva cargado de regalos...

Hoy quiero confesaros un secreto. Tanto trajín errante de estación en estación tenía que dar sus frutos. La casualidad de los jardines me condujo una tarde de octubre al mismísimo corazón del otoño. Sí, está en Madrid y de este pequeño reducto nacen todas las nueces, hojas muertas, manzanas rojas y vinos abrasadores. De súbito me encontré en ese epicentro y lo supe. Solo pude sentarme en sus orillas y acercar con reverencia mi oído a la tierra. Estaba allí, latía.
Buscadlo. Su nombre suena a cuento: bosquete de la almendrita. Si lo halláis caminadlo de puntillas. Tal vez el fragor de tanto otoño arranque de un zarpazo vuestras hojas y os cubra la piel desnuda con la corteza áspera de los tilos.

20 oct. 2009

A través del espejo



Durante muchos años cada vez que alguien se interesaba por mi nombre surgía la inevitable coletilla: "en el País de las Maravillas". Fue así que la fuerza de la repetición entrelazó mi vida indisolublemente con la del personaje de Carroll. No recuerdo el momento exacto en el que perseguí al apurado conejo blanco, ni la interminable caída por el tunel o el naufragio en un mar salado de puro llanto pero sin duda algo me unía a aquella muchachita de aspecto victoriano retratada en abigarrado blanco y negro por Tenniel. Lo cierto es que en uno de mis viajes al jardín de las maravillas encontré una puerta lateral que conducía a un mundo aún más fascinante que el de la Reina de Corazones. Se trataba de "A través del Espejo", relato anejo al célebre País por el que siempre había vagado sin rumbo ni concierto. En la blanda tersura de ese espejo que la niña traspasa con docilidad encontré algo más que una imagen onírica. Vislumbré la puerta al otro lado, tantas veces intuido, tan inefable como esos ojos que nos miran desde una habitación que maliciosamente reproduce el orden aparente de nuestra orilla del mundo.
Desde entonces, cuando alguien escucha mi nombre por primera vez deseo que añada con una sonrisa de complicidad: "A través del espejo" en lugar de la consabida frasecilla. Claro que hace tiempo que nadie invoca ninguno de los dos mundos. Debe ser que he crecido y ya no calzo los zapatos de charol de Alicia. Debe ser.

19 oct. 2009

Mensaje en una botella


Arrojo al mar la fragilidad de este mensaje... Quién sabe a qué costas arribarán, temblorosas y arrugadas, mis palabras.