23 jul. 2010

Rumbo al verano

(Gracias Lene, por dar vida al sorprendido pasajero y al astro diminuto)

En un improvisado barquito de papel me hago a la mar por un tiempo. Navego hacia el norte sin más guía que la estrella Polar y el canto de alguna sirena. ¿Quién regresará de este viaje vistiendo mi piel?

Y como no cabe un poema en tan pequeño navío me llevo tan solo el haiku de un gran viajero en el hatillo...

Luna de agosto.
Hasta el portón irrumpe
la marejada.
(Basho)


Un abrazo sin brújula para todos. ¡Hasta pronto!

16 jul. 2010

Mapa del tesoro

Para Gala, que nunca tuvo pueblo donde devanar veranos

Mis veranos siempre han sido búsqueda de tesoros, rastreo tenaz de señales en las rocas de la ribera pertrechada de una rama de avellano de la que pendía un anillo. "Los moros sembraron la sierra de la Culebra de monedas de oro -revelaba mi abuelo-. Si tienes paciencia podrás encontrarlas". Y así pasaba mi agosto en la Carballeda, aprendiz de zahorí de corazón agitado. No importaba el valor de lo hallado sino su secreto.
Pero el mayor tesoro lo escondía mi casa...

Hilando retales de conversación, supe desde niña que la vieja casa solariega de mi familia guardaba un tesoro en sus entrañas. Sentado en el poyo, bajo el cielo picado de estrellas, mi abuelo nos contaba con honda voz de cántaro que unos arrieros portugueses habían escondido hacía muchos años vasijas colmadas de joyas en algún lugar de nuestra casa, antaño posada de comerciantes.
Cada verano me proponía desvelar el misterio que todos asumían con naturalidad.

Hurgaba en la cuadra, desolado zoco al margen del tiempo. Prendido aún del aire, el relincho fantasmal de las yeguas y el arrullo de rebaños invisibles.

Batía la tierra agreste del corral, preguntaba al rosal -última huella viva del tránsito de mi abuela por el mundo-, hundía mis manos entre la hierbabuena que teñía de verde mis esperanzas.



Supe que tenía que afinar mi búsqueda y consulté a los duendes del hogar...

...y ellos me hablaron del vientre oscuro de tinajas y aguamaniles...

...de la aplicada labor de la máquina de coser de mi bisabuela portuguesa y su aguja de cigüeña. Pero nada sabía y, además, hilaba en luso...

No lo hallé en las rendijas ni en la piel quemada por el sol de puertas y techumbre...
...ni bajo las alas ardientes de las tejas.

Probé fortuna en los arcones, entre sábanas de lino, en el corazón apolillado de los viejos armarios.

Incluso una tarde, encubierta por la sonatina de chicharras de la siesta, atravesé el espejo para buscar en esa otra casa de geometría invertida.
No hubo suerte.
¿Dónde estás tesoro, luz de misterio que alumbrabas las noches de aquellos veranos? Sin mapa me encuentro ante la incógnita dorada de tu voz. Agotada, me siento al fuego y desciendo la escalera del sueño. Apartando velos de bruma llego por fin a ese otro lado en el que la voz ancestral de la casa me desvela de un bramido su secreto. Mis ojos se iluminan un instante y despierto junto a la lumbre. Saltan cómplices las pavesas y una vez más, no recuerdo nada.

1 jul. 2010

Última morada

Ayer mismo M. me confesaba en una carta ínfima:

Cuando cae la noche las sombras se alargan y entran por mi ventana. Es entonces cuando escondo mi cabeza bajo las sábanas y el mundo se hace tan chiquito que nada temo.

(ilustración: Ester García)

El mundo es inestable, enorme centella en movimiento. Hay días en que los objetos crecen hasta la asfixia y otros en los que nosotros menguamos como astros sorprendidos.
Y así vivimos, atrapados en una inmensidad sin señales, intentando cuartear el infinito. Al fin y al cabo una guarida no es más que un recorte de la nada. ¡Cuando arrecia ese vacío es tan necesario un refugio..! Diminutos hogares, hechos a la medida de nuestro desamparo.
He pasado mi infancia en una canica, en el hueco de un árbol centenario, en la cabaña de sábanas. Tiempo después anidé en el aleph que escondí tras mi cama de estudiante, en el farol que teñía de verde las noches, en la luz misteriosa del alba colándose por la chimenea. De todas estas patrias hui en algún momento, hatillo sobre el hombro. Ya no eran mi país, territorio extraño.

Nacemos y morimos infinitas veces. Desde hace años he habitado el cielo de verano de esta mirada:

En este mar rizado aprendí a ser sirena, desplegué mis alas, levanté piedra a piedra mi castillo. Creedme si os digo que pensé que esta pradera azul sería mi última morada, que nuestros huesos calcificarían juntos en un postrero abrazo de cinco mil años.
No ha sido así.
Mi hogar diminuto no soportó el envite de los vientos. Agarrada aún a esta última tabla que niega su destino, recojo mis pasos en silencio y reanudo el largo viaje.