A Raquel la conozco de toda la vida. No en vano compartimos Macondo, veranos bajo la misma bóveda celeste toda manchada de estrellas, una cosmogonía de imágenes y significados marcados, sin duda, por un bisabuelo común, un destino familiar semejante, una tierra -Carballeda- de la que beben nuestras raíces y a la que siempre regresamos. Sabía de su don para las lenguas, ajena a los conflictos de Babel, de su brillante inteligencia, de su humildad casi artesana. ¿Poeta? No conocía ni uno solo de sus versos cuando llegó a mis manos aquel "Diario de un destello", su segundo libro. Y fue así que comencé a amar la poesía de aquella mujer de sonrisa luminosa.
Raquel teje versos que saben a niebla, a tiempo que huye, a certeza dolorosa y alegre reencuentro. En su último libro, editado por Hiperión, mi prima hechicera incluso inventa un nuevo término con el que titula su obra "Croniria", un mundo a medio camino entre el tiempo "Cronos" y la ensoñación "Oniria". De ese territorio de memoria y olvido nos llegan estas mirillas al aire:
SOBRE UNA CAMA HELADA
No es invisible el modo
en que ya no te busco,
ni esta manera nueva, sin fe ni mediodía
de llovernos despacio, como gotas de hielo
de no ceder un palmo en medio del tornado.
El olvido es azul . Nunca termina
de convertirse a golpes en sí mismo.
Se mide por ausencias y papeles en blanco.
Tras su paso, el silencio
deja detrás de sí un paisaje de ruinas,
una patria deshecha e inmolada
a los grises fantasmas de la pérdida.
El ánimo rojizo de las uvas maduras
se apodera despacio de la tierra.
Te quise. Me quisiste. Nos quisimos.
Qué fácil es decirlo cuando no queda nada,
cuando ya ni siquiera recordamos
el tacto de los sueños.
Ahora que la memoria se bate en retirada,
vencida y silenciosa
como un niño sin sábado,
y lo único perceptible frente a nosotros mismos
es lo que ya no existe.
El próximo viernes 19 de febrero a las 20:30, Raquel Lanseros llegará -seguramente en tren como los buenos poetas- a la cuevita de la librería Centro de Arte Moderno de Madrid (Calle Galileo, 52). Lo hará con un puñado de poemas en los bolsillos, dispuesta a hechizar a quienes se acerquen a su marmita con esa fórmula mágica ancestral que es la oralidad. Yo estaré allí, dispuesta, como siempre, al viaje a Ítaca.



