22 nov. 2010

A las cinco en el café Barbieri

Bebo en un café
al fondo de las horas olvidadas
vasos de vino ardiente
y estrellas fermentadas

(Vicente Huidobro)
Esta semana. A las cinco de la tarde. En la mesa del fondo, una vez pasado de largo el reloj que detuvo su corazón a las tres y cinco, junto a los espejos. No podía ser otro el lugar del encuentro, el viejo Barbieri, con sus cristaleras filtrando la luz que se derrama como un charco dorado sobre las mesas de mármol, con su aire de naufragio, con su piano silencioso.
Pienso en la cita y un puñado de mariposas se rebelan en mi estómago. Las cinco es una buena hora. Se encenderá la constelación de lamparillas en algún momento cercano a la oscuridad y los dos cafés que se miran a un lado y a otro del espejo brillarán como las estrellas fermentadas del poeta.

Pediré un té con leche para empezar. A ella se le antojará lo mismo pero del revés. Más tarde, cuando el café se anegue de jazz, será el vino. Me mirará desde el espejo. Le haré preguntas que quizá no sepa contestar. Insistiré. Dejaré que dibuje con mano trémula los caminos que a partir de ahora habremos de seguir. Debe ser valiente, debe ser sincera. Si no de nada servirá la cita, el té, el trago de lava del vino al atardecer. De sus respuestas depende el resto de nuestras vidas. Ahora sí, es el momento de tomar las riendas de este caballo loco de los días.
Rodarán las horas sobre el suelo ajedrezado y en algún momento saldré del Barbieri sin volver la vista atrás. El frío de la noche me irá calando los huesos, lenta y vorazmente, mientras pienso "¿seguirá ella sentada a la mesa del café del otro lado del espejo? ¿habré perdido para siempre mi reflejo?"

(Dibujo de Elena Caicoya donde podréis encontrarme haciendo pajaritos de papel)

12 nov. 2010

Encadenados

Existe un pozo en Madrid desde el que me asomo al otro lado. Hace días contemplaba mi reflejo tembloroso sobre sus aguas, preguntándome en qué mundo simétrico y extraño desembocaría aquel túnel, cuando decidí dar el salto. Convertida en la Alicia de Carroll caí durante horas, quizá días, a lo largo de aquella vena oscura que me expulsó a la luz través de un ojo de cíclope que no tardé en reconocer. La Roma del otro lado me daba la bienvenida.

La luz rota del atardecer escarchaba el cielo y los caminos ondeaban sinuosos en todas las direcciones.

Las flores me confesaron -en un lenguaje antiguo y olvidado- los secretos que toda ciudad guarda a esas horas: las librerías en cuya trastienda enigmáticos amanuenses escriben en sus legajos lo que a continuación sucede, calles cubiertas de hiedra donde se refugia el silencio, los espectros de los escritores románticos paseando su nostalgia entre las fuentes.

Aquel era el tiempo de la migración de las aves a tierras cálidas. Lo supe al escuchar el aleteo de una nube de plata sobre los tejados. Un pájaro extraviado me sirvió de guía...

Guarecida entre sus plumas llegué a África.

Llamé a la puerta del Lejano Poniente, la tierra donde los genios duermen una siesta de siglos en el vientre oleoso de las lámparas y los atardeceres bañan de oro la arena del desierto.

La hospitalidad sabía a té con hierbabuena...

...y en los zocos había una receta para cada mal: comino para la tristeza, cilantro para la soberbia, cúrcuma para la desesperación. Aquí fue que hallé la fórmula de Sherezade

y la facultad de rasgar el aire sobre el lomo hilado de una alfombra

Una mañana un estanque cubierto de nenúfares aguijoneó de nuevo mi curiosidad. No pude evitar el salto que rompería la matemática perfecta de aquel espejo.

Cuando emergí de las aguas ya no me envolvía el paisaje bereber... Me hallaba en un charco de Sevilla, alegría azul y albero.

Una delicada cicerone me condujo a Casa La, verdadera casa del revés donde los objetos habían olvidado sus costumbres

y las molestas normas de la gravedad habían sido desterradas

En este irreverente hogar todo era posible. Incluso viajar a través del paladar a países muy lejanos. ¿Y por qué no a Japón?

Saboreé aquellos retales de mar al tiempo que un viento arisco se arremolinaba sobre la mesa. Aún sonaba el eco de Oriente en mis oídos cuando mis manos me alzaron sobre el brocal del pozo.

Regreso de este viaje en tren de tres vagones. ¿Dónde estará la siguiente estación, la próxima huella que aguarda a mi pie vagabundo?

A Lene, por ser cicerone invisible en Roma
A Silvia, por doblar mis pasos por las callejuelas de Marrakech
A Delikat, por destapar el frasco de las esencias más sutiles de Sevilla