23 mar. 2010

Deshielos

Cruje el hielo en cumbres y pechos, disuelto en la tibieza de este sol primero. "Por fin ha regresado Perséfone", me he dicho esta mañana al descubrir el estallido de flores de los almendros del paseo.
Perséfone, Perséfone... hija raptada de Deméter -diosa de la tierra y la agricultura- por las manos tiznadas de Hades, el rey del mundo subterráneo. La madre suplica a Zeus el regreso de su hija pero ésta ha comido un grano de granada del averno y eso la vincula inexorablemente a él. Le concede -y nos concede- una gracia: todos los años durante cuatro meses Perséfone volverá al mundo exterior, junto a Deméter. Y es tan grande la alegría de la diosa de la tierra que en ese tiempo el campo reverdece, se cubre de la delicada espuma de las flores y los días. Llega pues, la Primavera.
Sigo su rastro en los campos, en los libros, en el rostro de quienes me rodean. Anoche me floreció un poema entre las manos y esta mañana casi he creído ver las huellas de ninfa de Perséfone borrando el invierno de los senderos del Retiro. Ábranse tierra, corolas, ríos y piel. Que dejen entrar este haz de semillas, este sol de alfiler.
Al igual que un día mágico lo hiciera la nieve, llega también la Primavera al desierto. Esta fotografía fue tomada durante un mes de abril en el desierto de Wadi Rum, Jordania. Salpicaban la arena roja de lo que antaño fuese fondo marino estas tímidas florecillas. El eco de Perséfone solo necesita una gota de agua al año para hacerse escuchar en estas tierras...
Tumbada en el jardín me pregunto cuántas gotas de agua necesito para reverdecer. "Si me quedo aquí, inmóvil sobre la tierra, el musgo germinará en mi piel. Buenas y malas yerbas se abrirán paso entre mis carnes y de mi vientre nacerán unas flores extrañas, sin llanto".
Caminad con cuidado... No quebréis el sueño de los que dormimos bajo el cobertor de esta Primavera.

13 mar. 2010

Vino, sirenas y mariposas


La semana pasada mi amiga de siempre -la hermana que la vida me negó- arribó al puerto invisible de Madrid.

Venía del norte, envuelta en tormentas y cortinas de una lluvia persistente que viene dejándole goteras en el corazón desde hace demasiado tiempo. Su barca, deslucida pero en pie. Sus redes magulladas y huérfanas del brillo plateado de peces y navajas. Mi amiga es marinera pero, cosas de la vida, hace tiempo que no se hace a la mar. Y en Madrid recibí su nave con esa alegría a gritos de los naufragos que abrazan a quien viene a salvarse y a salvarles de la soledad implacable del océano.
Ninguna sirena puede vivir eternamente sin un soplo de viento salado que erice sus escamas. Ni siquiera una sirena varada.
Y comenzó la fiesta de los sentidos

Tras abrazarnos brindamos por la cándida adolescencia con vino robusto nacido de unas uvas que crecen entre mariposas. Un caldo de color rubí que deja en el paladar un aleteo tenue, el temblor de una alegría intermitente. Y salimos a las calles de esta ciudad sumergida sin mapa del tesoro pero con los ojos bien abiertos.
Sonaron para nosotras las guitarras, las leyendas del viejo Madrid, los cauces árabes. Saboreamos Oriente y Occidente, contemplamos sobre las tablas el ocaso de un amor, abrimos puertas antaño cerradas... la casa se llenó de flores y de música. A ratos la Fitzgerald esparcía humo y jazz por el salón. A ratos mi amiga lloraba. A ratos reía.
Decidimos abandonarnos al momento, ese insecto fugaz.
Soplaba viento del norte cuando la sirena soltó amarras. Regresaba a su casa. Hubo tiempo para un último brindis, la promesa de negarnos al olvido de lo vivido aquellos días... la promesa de negarnos al zarandeo de la memoria. Tomó la marinera el timón de su vida y se alejó río arriba buscando el camino al mar. A su mar.

Me quedé en esta orilla, pequeña y aterida. Sin vientos ni brújulas ¿se puede llegar muy lejos? Abrí la puerta de casa. La Fitzgerald callaba.
Sentada con su ausencia me serví una copa de vino. La alcé en silencio y sonreí al bajar los ojos. Sobre el mantel una huella violácea con forma de mariposa me lo advirtió: las sirenas que lloran lágrimas de agua dulce al despedirse nunca se van del todo.

A Silvia, gracias por esta travesía

2 mar. 2010

Oficios de paciencia

Ahora que la marea ha engullido casi todo es un buen momento para recapitular. Amontono sobre la arena los restos del naufragio y deseo rehacer las naves, regresar al mar, pintar de nuevo el mascarón de proa. Quienes me conocen me aconsejan practicar la virtud de la que siempre he carecido: paciencia

Paciencia: Calidad del que sabe esperar con calma una cosa que tarda o sufrir la duración de un trabajo.
Así que me dispongo a cultivar esa semilla que respira con sorda lentitud bajo la tierra sin ansiar cielos ni lluvias. Para ello me entrego a oficios de paciencia.
Amaso mi propio pan cada domingo, volviendo una vez tras otra sobre el trigo, sintiendo entre mis dedos el pulso de la tierra;separo con delicada constancia legumbres buenas y malas; dedico un tiempo cada día a observar desde el balcón la procesión de nuestras vidas; desmonto y vuelvo a montar relojes, tratando de comprender los engranajes de ese tiempo que huye por los sumideros; leo un bello relato de Cortázar en el que lo que pasa es que no pasa nada; paseo errando el rumbo a cada instante: en cuanto me dirijo a un punto concreto quiebro el paso; estudio lenguas dormidas que no muertas; practico durante horas las notas de agua de una "gymnopedie" en el xilófono; escucho el vuelo de un insecto a punto de morir de frío; trato de imaginarme sentada en una playa hundiendo los ojos en el mar...y no lanzo esta vez una botella con mensaje. Finalmente me entrego a la disciplina luminosa de los faros. Cada uno tiene su código y he decidido que el mío constará de dos parpadeos.
Larga es la noche y anguloso el dibujo de la costa. Si dos haces de luz acarician vuestro camino no dudéis en acercaros. Un faro no es otra cosa que una esperanza en alerta.